El martes 19 de diciembre de 1978, Tibasosa conmemoraba sus 200 años de fundación como municipio. En medio de las calles recién barridas, de sus casas con el fresco olor a carburo con el que las acababan de pintar y de la pólvora que reventaba en el cielo del pueblo, se mezcló el sonido del pito de un carro que se unía al festejo o llevaba cierta prisa.
Ninguna de las dos, simple coincidencia. Don Manuel Becerra arrimaba de nuevo al pueblo con su chiva recién potenciada, estrenando motor 60, lo cual consideraba algo digno de celebrar y por eso el júbilo con la corneta para anunciar que había “chata” para rato. La “chata” era un bus escalera pequeño, con placas JG 0365, de color rojo con franjas verde turquesa, que junto con su hermana Sara compraron en 1946 y que les valió dos mil pesos. Con el tiempo Sara, que era profesora, le vendió su mitad y don Manuel se quedó como su único dueño.
Sus primeros recorridos como chiva de servicio público los hizo en la ruta de Sogamoso a Firavitoba. Otro tiempo estuvo de Santa Rosa a Duitama y de Duitama a Paipa. Solo después de 1970 empieza a prestar su servicio en Tibasosa: los martes a la plaza de mercado de Sogamoso y los domingos a la de Duitama.
Muchos la recordamos, pues en su época era casi el único medio de transporte. Llegaba al pueblo repleta de pasajeros y puchos. Verla era una fiesta, un colorido mágico: puchos, canastos, mochilas, gallinas, costales, marranos, frutas, verduras, bultos de papa. Todos los colores, todos los sabores colgaban de su canasta y desfilaban por su escalera dispuesta en la parte trasera.
Por el pueblo iba al ritmo de los pasajeros o la clientela, que en su gran mayoría eran mujeres, pues cada cuadra era necesaria una parada. Así que se movía al grito del ayudante de turno: téeengalooo y deeleeeee se escuchaba. Descendía el pasajero, indicaba lo que traía, rápidamente su mercado estaba en suelo tibasoseño y se podía continuar el viaje.
La chata fue famosa como medio de transporte, pero más por su dueño: don Manuel Becerra, nacido el jueves 20 de mayo de 1920, casado con doña María del Carmen Bayona Molano, vivían por la carrera 7 con calle 2 y también eran dueños de una casa que existió en El Triángulo, donde está el Monumento del Divino Niño y que en algún tiempo sufrió un incendio. Era un señor de un metro con 60 centímetros de estatura, piel morena, voz recia y palabra lista para cualquier menester, pues siempre tenía la frase para dictar sentencia. En Tibasosa se le conoció como “Mangaverde”, un apodo que heredó de su papá, don Aquilino Becerra, quien fuera un liberal de pura cepa y alguna vez aligeró la lengua para jurar que el día que los conservadores estuvieran en el poder, él dejaría de usar los sacos de sus vestidos de dril. El tiempo le cobró sus palabras y un día agarró las tijeras y les quitó las mangas a sus chaquetas. Así las lució desde entonces, lo cual, sumado a su lengua ligera, su voz fuerte y con cierta picardía, terminaron por acomodarle el apodo de “Mangaverde”, como vino también a reconocerse a don Manuel, que eso sí, había sacado la pinta del papá.
La chata se quedó en el tiempo. Lo último que se supo es que en 1987 se la vendió a un gringo que se radicó en Paipa. “Aquí se trabaja con berraquera y se aguanta hambre de la misma manera” se leía en el letrero que al subirse se veía de frente. Quedan muchos relatos de su familia, vecinos, clientes, ayudantes y compañeros, unas por la chata y muchas otras por su dueño y único conductor: don Manuel Becerra, “Mangaverde”, que el miércoles 23 de febrero, a sus casi 74 años, hizo su último viaje al cielo eterno, cargando miles de historias en tiempos de la “chata”.
Agradecimiento especial a su hijo Henry Becerra, por la información suministrada.



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